Son pocas las personalidades realmente importantes, brillantes y talentosas que salen de acá. Como no, un país a la cresta de todo como Chile, relegado al final del mapa, atrapado entre la montaña y el mar, entre la espada y la pared. Es cierto, levantamos ídolos locales, los endiosamos, pero basta que salgan de la atmosfera criolla pera desinflarse como globos sin anudar. Salvo algunas excepciones, decorosas excepciones. Pero aquellos personajes que son realmente trascendentes a escala mundial, son siempre inalcanzables para gente común y corriente como nosotros. Por eso estaba tan feliz, tan ansioso, tan orgulloso. Allí, enfrente mío, el profesor Humberto Maturana exponía su teoría, tranquilo, sereno, convencido y con una simpleza para que nosotros, alumnos de cuarto medio, pudieramos entender su compleja teoria. El tipo fue premio nacional de ciencias pero, lo más importante para mí, es el que haya sido candidato al premio nobel y reconocido en todo el mundo. Ni más ni menos. Y estaba allí, a unos cuantos metros de mí, en mi colegio, hablándole a mis compañeros de lenguajear, de la subjetividad, de la convivencia, en fin, de cosas hermosas. Fue entonces cuando este momento mágico, de ensueño, este idilio fue quebrado por el sonido de un celular. Puto celular antiguo, monofónico. Quien chucha no apaga el celular si está escuchando al gurú, al maestro. Nunca faltan. Me doy vuelta para mirar al culpable, como todo el resto también lo hace. No tiramos piedras porque no estamos libres de pecado, es cierto. Pero tiramos miradas arteras, acusadoras, que duelen. Como duelen las miradas. La gente mira al tipo hasta que este apaga el celular, y luego todos se dan vuelta para seguir escuchando a Maturana. Menos yo. Porque la situación había sido demasiado extraña como para pasarla por alto. Primero porque ante la mirada inquisidora de todo el público presente en la charla, la gente suele tiritar, su mano busca el celular en bolsillos o bolsos que se hacen infinitos y al encontrarlo, todos los botones parecen equivocados para apagarlo. Y la incomodidad entonces es terrible, el pánico, la ganas de irse, de salir corriendo, de desaparecer, de ser invisibles. Pero este tipo, el del celular que acaba de sonar, fue todo lo contrario. Cuando el celular sonó, lo tenía en la mano. No hacía nada mientras sonaba, pareció esperar a que la gente lo mirara, dejo que el celular sonara un momento y lo apagó, mientras en su rostro una leve sonrisa de satisfacción se dibujaba de oreja a oreja. Lo segundo extraño es que claramente él, no era del colegio. No tenia ropa de colegio, tampoco era profesor ni trabajador ni nada. Su chiporro rajado, sus zapatos rotos, su barba de años y sus guantes cortados demostraban que era un extranjero, un espía allí entre todos nosotros. Lo seguí observando, intrigado, durante todo el resto de la charla de Maturana. Una vez terminada la brillante exposición, vinieron los aplausos, y fue entonces que el extraño tipo se paró de su asiento para salir por la puerta lateral del auditorio. Lo seguí. Comenzó a caminar por calle San Ignacio hacia la Alameda conmigo atrás a una distancia de media cuadra. Una vez en la Alameda, dobló por Almirante Barroso para entrar a la Universidad Alberto Hurtado. Entro a una sala que parecía ser el aula magna. Entre luego de 5 minutos, y me senté a unas cuantas sillas de él. Un tipo en el estrado hacia un apasionado discurso acerca de los valores de los estudiantes cristianos y blablabla. Entonces, el extraño tipo saco un viejo celular de su bolsillo y con toda premeditación, sin nada de azar, apretó la tecla exacta para que un monofónico ringtone comenzara a sonar. Entonces, las miradas del auditorio se abalanzaron rabiosas sobre él, pero al igual que antes, solo se limito a esperar, con una pequeña sonrisa en su rostro, un momento de sonoridad para luego apagarlo. Salió del lugar volviendo tras sus pasos, pero esta vez se dirigía al templo ubicado al lado de mi colegio. Se sentó en uno de los penúltimos asientos del ala derecha, mientras yo lo observaba atentamente desde el último asiento de la izquierda. Entonces, en plena predica del padre que oficiaba la misa, realizó la misma operación del celular que yo ya bien conocía. Pero esta vez, además de las sucesivas miradas de los molestos feligreses, el sacristán de la iglesia tomo al hombre del brazo y lo hecho del lugar, mientras yo alcanzaba a escuchar que le decía:
- Siempre con lo mismo don Gerardo, ninguna respeto por nadie, ni si quera por el taita Dios. Todo por llamar la atención, solo por llamar la puta atención…
Entonces, el extraño que ahora adquiría en mi mente el nombre de Gerardo, salió de la iglesia, y se sentó en la puerta de esta. Entonces lo reconocí. Como no haberlo identificado antes, era el mendigo de la iglesia, que siempre estaba allí cuando salíamos a almorzar. Pero como no me di cuenta antes…
Entonces, súbitamente, como si de pronto todo encajara, lo entendí. Claro, porque allí, mendicante y pobre, hediondo y un poco loco, don Gerardo era invisible para el resto de la gente, que solo pasaba al lado de él sin mirarle, como si fuera parte del tibio pavimento. Don Gerardo no existía para nadie, quizás ni para el mismo. Pero cuando hacía sonar su celular en cines, en conferencias, en charlas, donde fuera, la gente lo miraba. Es cierto que lo miraban con odio, con rabia, como amenazándolo con los mirada, como queriendo borrarlo con los ojos, pero que importaba porque lo estaban mirando. Solo en ese momento, y gracias a ese antiguo celular, Don Gerardo se hacía visible, volvía a ser de la condición humana, reconocible para nosotros y para el mismo. Fuera como fuera, caminaba desde el destierro más absoluto para volver por unos segundos al mundo humano, y entonces era feliz, entonces la sonrisa brotaba espontanea de su rostro, como una flor brotando con desición en plena primavera.
Un día cualquiera, camino a almorzar, me tope con Don Gerardo sentado afuera de Iglesia. En una maniobra inesperada para mí y para él, mire fijamente esos negros, profundos y tristes ojos desgastados por mas soledad que la torable por alguien con sentimientos, y extendí mi mano en ademan de saludo. Entonces, un lagrimón salió de la profundidad de sus ojos para rodar por sus mejillas, se paro del suelo, me miro fijamente. Algo en su cara había cambiado, su extraña tranquilidad se había roto, parecía desconcertado, sin saber qué hacer, como habiendo olvidado todo cogido humano, todo lenguaje posible. Entonces, siempre mirándome, hurgueteó en su bolsillo para sacar su viejo celular. Apretó el mágico botón que dio inicio al monofónico sonido, y mientras me miraba, una pequeña sonrisa se dibujo en su vieja cara.
3 comentarios:
NOTABLE
La ilusión hecha realidad de que mis gritos de dignidad sean escuchados en una ciudad sorda y ciega. Amén por los celulales.
Un abrazo
Seguramente ese homo interruptus del que hablas seamos todos aquellos que buscamos un poco de sentirnos reales, de de sentirnos amados y reconocidos por otro poco de realidad... Pero... ¿existe?
Hay incluso que rescatar al Homo que se ha de interrumpir. El trabajo es diametralmente mayor y doloroso.
Sigue escribiendo!
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