
Resulta que salía de su casa en su armadura de mentiras. Con la sonrisa, que oculta un aliento de muerte, muy de alma humana. Llegaba en aquel superauto a su superoficina. Se sentaba y tomaba café, muy caliente pero no se quemaba, no sentía. Desde su escritorio, movía el tablero, nos hundía cada vez más, nos empujaba un poco más hacia la muerte. Muchos se mataron por miedo a morir. Tenía la corbata muy apretada, no le molestaba, no sentía. Salía, almorzaba, se comía la moral de unos cuantos, y la acompañaba de un trago de sueños de algunos otros muchos. Termina el día. De vuelta a su casa, que no queda arriba, sino muy abajo. Llega a su cama, ponía en la mesa el fajo de dineros, que no eran más que almas y sueños, de su posesión, de su sociedad anónima. Y se saca el terno, se saca los zapatos, los calcetines, la corbata, la camisa, el pantalón, el calzoncillo, la piel, el alma. Comienza a reír, nos ha ganado una vez más, como tantas otras. Hasta cuando digo yo.
Los poderosos mienten, hacen lo conveniente
Sonríen y asienten, para no asustarnos con la verdad
Y para no quedar mal.
viernes, agosto 1
Hasta cuando
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