No es que sea experto en esto pero digamos que lo he hecho muchas veces. Me gusta observar a la víctima, seguir sus movimientos como sutil espectador, observarlo en su mundo lleno de ingenuidad y falsa certeza de que todo va a seguir igual, jugando a la inmortalidad. Son completamente inocentes, nunca esperan lo que va a venir después. Me gusta sentir el arma en mi mano, ligera y suave, imaginar que es una parte más de mi joven cuerpo. La cambio de mano, la levanto y doy vuelta, como si fuera un juguete más. Después examino las municiones que previamente puse en fila encima de la mesa. Están allí, quietas, inertes, pero de un momento a otro pasarán a ser fugaces, agresivas, hasta que cumplan con su cometido estrellándose en la cabeza del escogido. Finalmente contemplo el lugar, siento la ligereza del aire, el transitar incesante del sol, las caras de la gente que azarosamente se encuentran allí.
Esta vez el tipo es cercano mío, digamos que somos amigos. Hemos sido compañeros desde siempre, entramos el mismo año y compartimos gran parte del día a día juntos. El escenario será nuestra sala de clases, el lugar donde nos conocimos. No tengo ninguna motivación especial para hacer esto, simplemente me divierto. ¿Miedo a las consecuencias? No. Me he acostumbrado al castigo, al encierro, ha ser apartado y marginado.
Llega el momento, pongo la munición dentro del arma que luego sostengo con mis dos manos mientras miro a la víctima, mi amigo. Relajo mis brazos y doy un respiro profundo. Entonces percuto el tiro. Observo lentamente como el proyectil rompe el aire mientras va certero hacia su objetivo. Finalmente se estrella frontal contra la cabeza de mi compañero que con una mueca horrible en su cara mira hacia todos lados buscando al culpable mientras lleva su mano hacia el sector del impacto. Entonces viene lo de siempre. Me hago el inocente pero para todos es evidente mi culpabilidad en los hechos. Me sacan de la sala y me encierran en otra. Allí tengo que esperar a la encargada de juzgarme mientras pasan horas que parecen días. Finalmente la directora de mi colegio entra a su oficina mientras hurgueteo con mi mano en mis bolsillos. Tengo algunas bolitas de papel mojado con saliva y el arma, un tubo de lápiz bic listo para cuando salga de aquí, para seguirles disparando a mis compañeros del cuarto básico.
Pequeño regalo de cumpleaños, un cuento corto y no tan bueno para un tremendo compañero y gran amigo, con el que desde Kinder hemos compartido el mismo camino. Y agradecimientos para él, porque sin saberlo, fue ideólogo de todo esto. Salud.
Últimamente en Santiago llueve poco. Por lo menos para quienes nos gusta la lluvia y ese ambiente melancólico que se produce gracias a los colores grisáceos de la ciudad, mojada por las gotas que caen secamente (¿?) sobre el pavimento y los edificios, las tardes de lluvias son como festividades únicas que deben ser aprovechadas. Por eso, tomé mis cigarros, me puse mi parka roja, mi gorro de lana mapuche y salí a caminar. Además de mi gusto por la lluvia, disfruto de la soledad, ósea en verdad no, pero sí. Más bien disfruto de la autocomplacencia, de sentirme mal por lo solo que estoy, es como eyacular de dolor por golpearse el dedo con un martillo, como medio masoquista. Así mi soledad masoquista melancolía calza perfectamente con el ambiente que se genera en los días de lluvias, sobretodo porque la gente de mi barrio no suele caminar un día martes de lluvia a las 5 de la tarde por calles anegadas de agua y barro. Salí de mi casa, encendí un cigarro y me puse a caminar. Pensaba en lo mejor que alguien que quiere sufrir puede pensar, una mujer. O en más de una, en todas, y en ninguna específicamente. Tiendo a pensar que la mayoría que conozco (salvo honrosas excepciones) son la misma mierda. Aparentando frente al mundo lo que no son, disfrazadas de ovejas cuando en realidad son zorros, o zorras para ser más exacto. Mientras pensaba esto, que salía desde las profundidades de mi lado resentido rabioso antisocial y mi lado social comprensivo ingenuo comenzaba a hilvanar una respuesta a semejante declaración, apareció ella. Y no querido lector, esto no es el típico y hermoso cuento donde ella es la mujer ideal, ultra comprensiva, mala que se convierte en buena o simplemente buena, con facciones de princesa, una vagina virgen, amante de rimbaud, del acidd jazz y de la cerveza, que se enamora del tipo triste-perdedor-solitario y tienen hijos en una casa grande, con dos piscinas, un jacuzzi, un chiguagua y varios autos o por lo menos tienen buen sexo en un bosque, casa vacía o en el baño de algún café. No, no, no, porque esto es la realidad en pleno Chile, no es una película gringa, ysi se hiciera película, la gente no la vería porque buscan en el cine algo distinto a las rutinarias tristezas que son su vidas, por lo que el director terminaría limpiando baños en un bar medio antro de bellavista para no morir de hambre. Pero bueno, siguiendo con la historia, la vi a ella. Era vieja, me atrevería a aventurar unos noventa años, y quizás me quedaría corto. Su mano tiritona sostenía un viejo paraguas, y las gotas que lograban llegar hasta su cara parecían jugar por sus arrugas como niños en esos gigantes y enrollados tubos de los parques acuáticos. La calle estaba absolutamente vacía, y ella venia hacia mí. Tenía un cigarro encendido, caminaba despacio mirando al suelo, y no traía bolsas, por lo que seguramente andaba en lo mismo que yo. En este instante sucedió. Levantó la cara, un mechón gris cayó sobre su frente y me miro. Suena normal, simple, pero esa mirada, esa mirada fue única, potente, destructora. Parecía forjada producto de una vida dura, llena de desilusiones y desapariciones (que es lo mejor que saben hacer las personas, desilusionar y desaparecer), repleta de rabia reprimida, de gritos que resonarían en toda la extensión de un desierto, pero que se gritan para adentro y van dejando huellas.Unos ojos que parecían acostumbrados al llanto como un ritual habitual de todas las noches, de todas las mañanas, de siempre. Donde las lágrimas recorren las mejillas como quien recorre un sendero cotidiano y más que conocido, casi propio. Yo no suelo mirar a los ojos de la gente, ni cuando converso, porque siento que pudieran ver más allá de mí, me siento indefenso, frágil, desnudo, listo para ser destruido y quebrado en mil pedazos. Pero esta vez fue inevitable, y esta mirada, como ninguna otra antes, pareció recorrer todo mi ser, toda mi historia en mi memoria, todo mi entendimientoy finalmente, como una revolucionaria francesa tomando la bastilla hace 220 años, mi libertad.
En Santiago llueve poco últimamente, sobre todo para quienes disfrutamos de los melancólicos días de lluvia. En estas sagradas fechas, yo siempre salgo a caminar. Camino y camino por calles solitarias, no solo por gusto, sino en una búsqueda frenética, interminable, incansable. Busco a ella, que me robo mi parka, mi gorro de lana mapuche, mis cigarros, mi cuerpo, mi vida, y la poca gente que quiero. La busco mientras camino lentamente mirando el suelo, con un cigarro encendido mientras la otra mano afirma un viejo paraguas que tirita, y un mechon gris cae por mi arrugada frente.
Siempre que íbamos al cine, mi imaginación me hacia querer ser como algunos de los fantásticos protagonistas y vivir grandes aventuras como aquellos grandes héroes de las películas. Alguna vez quise ser cazador de dinosaurios y correr por los prados matando a esos enormes monstruos de afilados dientes y enormes garras. También quise ser guerrero intergaláctico, y con mi espada de luz acabar con las fuerzas del mal. Aluna vez quise ser agente secreto, realizar misiones en territorio enemigo, tener enormes autos, lápices bomba y gafas que fueran mapas. Recuerdo que soñé con ser astronauta destruye meteoritos y salvar a la humanidad.
Pero hace tiempo, años en verdad, que ya no voy al cine. La última vez, vi una película acerca de una guerrilla, una estrella incandescente bajada del cielo y puesta en una gorra, un asma sofocante que empeoraba con el calor de la selva, sueños mágicos expresados en palabras que hacían saltar el alma, y una ternura inquebrantable. Desde entonces, quiero ser guerrillero, mi mama está preocupada, pero yoquiero ser guerrillero…
Me sentía extraño, el color amarillo de la línea dos del metro me hacía sentir extranjero. Iba a ver a mi padre luego de dos largos años. Se podría decir que soy un mal hijo, y no lo desmiento. Me hubiera gustado llevar carne para tirar a la parrilla y comerla junto con un buen vino tinto como antaño, pero mi padre ya no podía comer ni tomar. Camine nervioso hacia su encuentro. Lo salude a lo lejos, parecía esperarme como siempre. Le conté como todo andaba igual, que yo seguía estudiando, que todos estaban bien y lo echaban de menos. El país seguía como siempre, y yo ingenuamente, todavía conservaba nuestro viejo anhelo de cambiarlo aunque mi esperanza se desvanecía con el paso de los días. Comencé a llorar, le dije cuanto lo extrañaba, cuanta falta me hacía, cuan frustrado estaba, todo era una mierda. Luego de un silencio comencé a reír, las mismas bromas de siempre, con las que tanta veces nos reímos. Mire el reloj, era tarde y me tenía que ir. Prometí volver pronto, sabiendo que ese pronto serian por lo menos seis meses. Antes de irme le deje unas flores, toque la fría lapida donde aquellas letras se juntaba para formar el nombre de mi viejo, mi querido viejo.
Metafóricamente hablando, esto es como en esas extrañas muestras de arte, donde el público entra a una habitación movido por la incertidumbre, y de pronto, sin previo aviso, es encerrado a solas con un pedazo de mierda, sin poder escapar. Solo les queda oler, dejar que la esencia de la caca les penetre hasta lo más profundo. Así como ahora, donde tu (lector desconocido), estas aquí, encerrado por un momento con mi mierda, que empieza a calarse por tus huesos, que empieza a convertirse en huésped de tus viseras, en visitante pasajero de tu alma. Y esto no es casual, porque si puse mi mierda aquí, es porque tanta caca junta huele demasiado mal, es necesario sacarla. Y aunque tú crees que eres libre, que accedes aquí de manera voluntaria, en el fondo eres igual que aquel que entro ingenuamente al cuarto, guiado por lo curiosidad de descubrir lo nuevo, y de pronto no puedes salir, porque quieras o no, ya eres parte de mi mierda, de mi. Solo bastaría olerte para comprobarlo.
Y todo esto, todas estas letras, en el fondo dicen mierda, son mierda. La estética busca aromatizar, la autocomplacencia pretende conmover, el sarcasmo intenta causar simpatía, pero al final, aunque la mierda se vista de poema, o de cuento, o de lo que sea, mierda queda.
Las ciudades no se componen de edificios, ni de cemento, ni de parques, ni de plazas, ni de gente. Las ciudades las hacen los personajes especiales, aquellos únicos e inigualables.
Don Carlos es uno de estos. Se le puede ubicar en los parques por la mañana, vestido con un elegante traje de seda, impecables zapatos negros y su infinita sonrisa mientras de su generosa mano da de comer a las palomas. Su nobleza es tanta, que hasta el hambre de las palomas le preocupa. Alimenta también a los perros y gatos de las plazas de su querida comuna de Ñuñoa. Los baña y los abraza. Pero su bondad no termina allí, porque no solo es un amante de los animales, también es un gran amigo de sus amigos. Todos los días de la semana invita a uno de sus fieles amigos de vida a comer al restaurante de siempre, ese tan elegante (y presumiblemente caro) pero para él el dinero no es un problema cuando es para compartir, para hablar de la vida, para sonreír. Por la gran carrera de juez que llevo, su buena jubilación y ahorros que tiene el tema dinero no es una preocupación. Sus amigos lo adoran, jamás le rechazarían una invitación porque nadie habla ni escucha mejor que don Carlos. Hasta los garzones y el dueño de lugar se sientan a escuchar las historias y consejos de este sabio hombre. Por las tardes vuelve a su departamento, y siempre es visitado por algún hijo, nieto, bisnieto, primo, etc. Es que ir a ver a Don Carlos es un panorama familiar, todos disfrutan, ríen, aprenden, los niños incluso prefieren estar con el que jugar con videojuegos o ver la televisión. Y los papas de los niños felices por todas las lecciones que él les enseña a sus precoces hijos.
Pero si todos supieran…
Que don Carlos no vive solo. Que cuando todos se van, y queda solo aparece un nuevo personaje, producto de una metamorfosis de las menos románticas que cualquiera que hubiese sido escrita antes. Don Carlos desaparece, para dar paso a la peluca rubia, el corsé rojo, los rellenos de silicona, las pantis negras, los zapatos rojos con taco algo. Todos salían de ese cajón oculto danzando por la bella casa de Don Carlos, que no estaba más. Aparecía en su lugar su antítesis, la antagonista infaltable de todo cuento. Una rubia, de las peores que existen. Con pésimas costumbres, vestimenta exageradamente provocadora, pasa rauda por las plazas de Ñuñoa hacia la esquina de siempre, esquiva a los perros y gatos, no tiene amigas ni amigos, solo se limita a pararse y fumar, hasta que pase un auto. La rubia ofrece sus servicios, se sube al auto, 5 horas después y cuando el sol recién asoma en Santiago, es dejada en la misma esquina, intacta pero con un poco menos de dignidad y un poco mas de dinero. Luego la rubia camina hacia la casa de Ñuñoa, se quita la peluca, las medias, los zapatos y los mete en aquel cajón secreto de la elegante casa, luego se da una ducha, y se pone el traje de seda, los zapatos impecables y se cepilla los dientes para obtener la sonrisa infinita de siempre. Toma la bolsa del alimento de las palomas, y sale a la calle a continuar con la farsa de todos los días, pero a sabiendas de que cuando caiga la noche dará rienda suelta a sus más bajos instintos, y así hacer feliz a sus dos mitades, Don Carlos y la rubia.
Aquel personaje se encontraba solo, en la oscuridad. Muchas cosas transcurrían a su alrededor, pero él solo sentía la oscuridad que hablaba, le gritaba con el silencio. Tenía miedo de enfrentar a la soledad, que era el mismo quizás. Dentro de la oscuridad comenzó a mirar, primero encontró un grupo de personas, las comenzó a abrazar, a acariciar, las llamo familia. Con ellos se sentía acompañado, sin embargo al tiempo algunos se tuvieron que ir, otros no tenían que pero lo hicieron igual. Volvió a estar solo. Siguió mirando. Encontró otro ser como él, pero con el pelo más largo. Tomó la mano del otro personaje, acaricio su cara, y la beso tibiamente. Pero no le bastaba, la soledad seguía la acecho, por lo que se tiro encima de ella, se ensamblo. Eran dos contra la soledad, ya no estarían solos nunca más. Pero ella en verdad se sentía sola pese a esta mágica unión, por lo que se fue también. Nuevamente el hombre solo, y golpeado por la soledad, abrazo esta vez a una idea, a un sueño, intento ser feliz y acompañarse con este, dedico tiempo a esto pero el resto de los hombres y la vida misma se tragaron el sueño y no lo devolvieron mas. Este hombre desesperado, desconfiando de las ideas, de las personas, intento con la divino. Llamo a dios, le rezo, se arrodillo, dijo amarlo, pero nunca llegó. Finalmente el hombre se acostumbro a la soledad, por un tiempo aprendió a conversar con el silencio, jugaba cartas todos los martes en la noche con su soledad, y dormía con su miedo. Pero en un momento tuvo que irse, y hoy es parte de la oscuridad. Y el hombre, fue, es o será. Y el hombre eres tú, soy yo, somos todos.
Tú sabes bien lo que es amar, Quiero saber si es solo una razón, para ocultar la soledad